Otras palabras
Trabajo en la biblioteca de la Universidad de Chile, en el campus de Santiago, y paso mis días rodeada de palabras que pertenecen a otros. Estoy contenta con eso. Me gustan los libros de otras personas. El problema es cuando quiero encontrar las mías propias. Empecé a escribir poesía de manera seria en 2019, después de un taller que tomé en el Centro Cultural La Moneda un sábado por la mañana. El taller duró ocho semanas y terminé con diez poemas que me gustaban de verdad, lo que nunca me había pasado antes. Desde entonces sigo escribiendo, despacio, sin prisa, sin un proyecto claro. Lo que me interesa en la poesía es el peso de las palabras cotidianas en contextos que las cambian. Tengo un poema sobre el metro en hora punta que comienza con una descripción completamente ordinaria y termina en un lugar que no esperaba cuando empecé a escribirlo. Eso es lo que busco: el momento en que algo se mueve debajo de la superficie del lenguaje común. No publico mucho. Tengo un cuaderno azul con espiral en el que escribo a mano, porque la pantalla me hace editar demasiado rápido.